30 mar. 2018

La boda de la torta de milanesa

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Recuerdo aquel día cuando afuera del templo de Máter Dolorosa te había visto. Andabas vestida de blanco, con un velo impresionante y esperabas a tu novio para que el matrimonio procediera. Aquel que tanto amabas por su caballerosidad y detallismo; por, también, su calidad humana e impecable higiene; por su inteligencia, su gran voz y su capacidad para recitar poesía; aquel que, por su forma de tocarte, te estremecía y te ponía la piel como gallina agonizante. Estabas en la entrada de la iglesia esperándolo para el día más importante de tu vida. Pero no llegó, entró en crisis nerviosa. Después te diste cuenta que te mintió para tenerte cautivada y su sobreesfuerzo algún día se derrumbaría como edificio frágil en terremoto. Y ese día, fue en el que tenía que probar de qué estaba hecho él. Pasaron tres horas y no llegó. ¿Qué hiciste después de tu insufrible llanto? Trataste de consolarte comiendo algo. Los puestos de garnachas no estaban. Sólo yo, que masticaba una suculenta torta de milanesa. Me pediste un pedazo, te lo ofrecí. Y mientras angustiadamente tratabas de pasarte el bocado con sabor a tristeza, se me hacía tarde para llegar a mi cita. Te dejé el resto de la torta, más de la mitad, mientras te sentabas en el escalón lateral, derrotada, con la moral baja, pero con la esperanza, de volver a enamorarte algún día. Ya llegó la roja 4. Adiós.

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