13 dic. 2017

Viejo cerdo


Chalino trabajaba de conserje en un supermercado. Cada fin de semana se gastaba su pago en baile y cervezas. Era un tipo de aquí y ahora, aunque después tuviera que ir al empeño a dejar su tele, su ropa y, tal vez, por poco, a su novia.

Chalino no faltaba a ninguno de los bailes gruperos que la ciudad presentaba hasta que, un día fue llamado por un empresario para que sirviera de apoyo moviendo cables y limpiando el escenario. Por fin le pagarían por acudir a un evento de los que tanto disfruta. Sin embargo, se realizaría un miércoles desde las 2 de la tarde, pues desde temprano, una horda de grupos tocaría sobre los tres escenarios montados en la explanada de la ciudad.

Creyendo que tenía todas las de ganar, Chalino acudió días antes con el patrón. Quería solicitarle permiso para ausentarse el día del baile, mismo que le fue negado. El semblante del empleado se volvió deprimido y malhumorado hasta que llegó el día y Julián, su amigo, que descansaba ese día, llegó al supermercado y le dijo:

— Mijo, ¿vas a ir al evento? Tendremos harto jale.
— No me dejo el viejo cerdo —contestó mientras barría la oficina del subjefe—.
— ¿Quién es el viejo cerdo?
— ¡Ése pinche güey! —expresaba con rabia mientras señalaba la puerta de la oficina de su patrón que se encontraba ausente—.
— ¿Cuál?
— ¡Ése hijo de su perra madre! —manifestaba colérico mientras volvía a señalar la oficina—.
Chalino no se percato que tenía a su jefe a escasos centímetros de su espalda. En eso, le dijo lo siguiente:
— Chalino, ¿puedes interrumpir la limpieza de esta oficina, por lo mientras, y le das una pasada a la mía? ¡Tendré visitas!
— ¡Sí, jefecito chulo, claro! ¡Lo que ested guste! ¡Ya sabe que estoy para servirle! —le contestaba con actitud optimista, risueño y soltando risas nerviosas—.

El  jefe se retiraba mientras Chalino empezaba el aseo del espacio. Minutos después, Julián soltaba la carcajada que por poco no se contenía mientras observaba el gesto de sumisión de Chalino.

— ¿Con que éste es el viejo cerdo? —expresaba Julián mientras le llegaba un ataque de risa—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Sí, patrón, lo que usted diga! —seguía riendo—. ¡Ya me voy al baile! ¡Ahí te encargo el changarro!
— ¡Pinche, Julián! —murmuraba Chalino muy molesto mientras veía a su amigo partir tranquilamente mientras se acercaba a sacudir la sala y tropezaba con una cubeta que había dejado mal acomodada—.

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