18 dic. 2017

Carta a un amor legislativo




Querida curulera:


A veces me preguntas por quién voy a votar y no qué es lo que voy a comer. Te importa más mi línea de pensamiento que el plato de mi mesa. Haces que crea en lo que tú crees porque eso te genera comodidad sin pensar en qué comí hoy, en un plato que te pensaba convidar. Prefieres los buenos restaurantes donde comes con gente que sólo quiere acuerdos y te olvidas de la choza humilde donde reías a carcajadas los chistes que se emitían con nuestros modestos invitados mientras saboreabas un suculento plato de frijoles de la olla con tortillas hechas a mano y una Coca-Cola embotellada con vidrio. ¿Lo recuerdas?


Ahora buscas mantener el control y ese control te ha quitado noches de sueño tranquilo, te ha dejado la cara arrugada y las ojeras prolongadas. Sí, sabemos que no compites para un concurso de belleza, pero qué hermosos eran aquellos tiempos cuando llegabas a las 9 de la noche, merendabas, te acostabas y tu respirar era tranquilo. Pasas más tiempo con tu jefe que conmigo porque las razones de trabajo lo ameritan. Y ésas, basadas en mantener un control hegemónico de pensamiento, donde incluso, apoyas medidas autoritarias, es como tratar de meter un pie del siete en un zapato del tres y medio. Has logrado un control hegemónico de ideología, más no de intestinos;  has logrado un control hegemónico de ideología, pero no de cariño;  has logrado un control hegemónico de ideología, pero no de alegría. ¿Eso era lo que pretendías al escalar con tu comité al escaño?


¡Felicidades, lo has logrado! ¡Todos somos, somos, muy "felices"!


Cuando vayas y compres zapatos que no te queden, pero que sean el único modelo que tengan en el almacén, descubrirás que no todo es hegemónico. Ojalá haya del siete y no del tres y medio.

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